Estados de ánimo…

Y en los biorritmos de cada día
¡de qué detalles tan sutiles depende nuestro estado!
Una llamada, una noticia, un resultado,
un beso, una deuda, un pago, un desprecio.
Un reconocimiento, un encuentro, un logro,
un desencuentro, una neurosis, una manía.

Y en este mar de cambios
-olas que van y vienen-
que son las emociones que nos pueblan,
¿qué es lo que es perenne?
¿dónde está la boya a la que agarrarnos
haya gran tormenta o calma chicha?

Buscando ese centro de gravedad
que también cambia, pero no es arbitrario
(qué distinto)
yo voto por quedarme:

En mi cuerpo, con la respiración profunda.
En mi corazón, cariño en mi mirada.
En mi ser, tan solo agradeciendo.

Y en mi alegría… aunque a veces no se note:
pues he ido descubriendo
que está siempre dentro de mi pecho.
Siempre que la llamo
desde el cuerpo y el corazón
aunque sea tímida y cohibida,
aparece.

Y, para qué negarlo,
si hay una mano amiga,
si hay unos ojos claros
y un corazón abierto acompañando,
llegar al centro no es más fácil,
pero es el tránsito
mucho más liviano.

Y, a fin de cuentas, también he descubierto,
estando en ese estado
de agobio, de desgana o de tristeza,
que es más valioso, para mí, aceptarlo
que obcecarme en que desaparezca.

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