El síndrome de Japón

Hay que remontarse ¡a 1979! para recordar “El síndrome de China“, que seguramente muchos no hayáis visto. Quizás ahora se vuelva a poner de moda. El caso es que la triste y alarmante realidad de Japón nos hace recordar el frágil equilibrio que los seres humanos mantenemos entre la aparente seguridad y nuestro sentido del riesgo.

Todo vale para desarrollar un crecimiento atroz y antinatural, basado en la disponibilidad de energía por encima de las posibilidades naturales (el culto a “el ser humano puede con todo”). La energía nuclear es el máximo exponente de cómo hemos creado esta sociedad que se está haciendo añicos. No pretendo ser negativo ni nihilista: pero afrontemos que la realidad es mucho más drástica de lo que nos gustaría creernos desde nuestro adormecimiento consumista.

El ir y venir de los miniproblemas de lo cotidiano, que nuestra estructura humana nos hace maximizar y por los que nos atiborramos de ansiolíticos y hasta nos suicidamos, nos minimiza la capacidad para denunciar y actuar contra los grandes problemas que, aunque no lo parezca, están ahí. El desequilibrio energético es uno de ellos. Es muy fácil querer consumir energía pero ¿quién quiere una central al lado de casa?

Entre los pocos efectos positivos de la historia de ETA (¿el único?) está la paralización de la Central de Lemóniz en 1984. ¿No es triste que para paralizar el peligro nuclear tenga que actuar asesinando un grupo terrorista?

Aceptemos un hecho: Las centrales nucleares son demasiado peligrosas. No se trata sólo de los residuos radiactivos (que ya en sí son un gran problema). Debemos decir “NO” a ese riesgo. Que no es sólo un terremoto, sino un atentado, un problema técnico, ¡hasta un simple error humano! Un pequeño detalle y ¡zas! Miles de muertos, centenares de kilómetros cuadrados inhabitables, decenas o cientos de miles de personas trasladadas.

[El otro día estuve en una minicentral eléctrica química y me asombró lo fácil que era apoyarse en botón y generar una parada que podía matar personas. Riesgo…]

El camino lo llevan marcando décadas los grupos ecologistas: energías renovables, energías limpias (las de verdad). Mientras, mantener y acabar cerrando en pocos años las nucleares… o seguiremos asumiendo el riesgo de, hasta por accidente, matarnos a nosotros mismos. Por el camino, habrá que encarecer la energía y asumir la realidad de que nos toca ser ahorrativos. Consumir con criterio y prudencia. Recuperar el valor del equilibrio.

Y es que el problema de convivir con un riesgo excesivo es que, con el paso del tiempo, siempre acaba convirtiéndose en realidad.

Pura estadística.

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2 Respuestas a El síndrome de Japón

  1. Carlos dijo:

    Discrepo en lo positivo de la paralización de Lemóniz. No por la energía nuclear, si no porque evitar el posible riesgo de la central no merece ni una de las vidas que se cobró ETA. Y, en el plano más a largo plazo, dicha “victoria” dió ánimos y “gasolina” a ETA para una década por lo menos, ya que veía que era capaz de doblegar al Estado y a las instituciones (el Parlamento Vasco de la época incluso se ofreció a llevar adelante la central).

    • Andoni dijo:

      Hola Carlos,
      No defendería nunca que una idea justifica una sola vida. Siempre he estado en contra del terrorismo y yo llevé mucho tiempo un lazo azul (para los que se acuerdan de qué es eso). Nunca entendí demasiado qué tenía que ver la ideología marxista nacionalista de ETA con la paralización de Lemóniz (más allá de pura orientación al resultado, como comentas). Simplemente quería remarcar la paradoja de que tenga que ser la amenaza y la muerte terrorista quien paralice una construcción nuclear, y no la opinión o la movilización popular.
      En resumen: para mí, sí, sí es positivo que se parara Lemóniz. Vivo más tranquilo sin una central allí. Y no, no me gustan ni comparto la manera en la que ocurrió. No, no creo que el fin justifique los medios.
      La energía nuclear la tenemos que parar con criterio y calma, y de una forma civilizada. Pero antes seguro que tenemos que cambiar otras cosas del modelo en que vivimos. Sin eso, es imparable. Porque es la única energía conocida que permite “crecer” desaforadamente.
      Saludos!

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