Querida Ada, querida mujer

Te llamas Ada. Como una de las mujeres más importantes de la historia de la Ingeniería, la primera programadora.

Te llamas Ada, y tu vida se acaba por un estúpido hecho más de violencia, que sólo por sus morbosos condicionantes atrae mil veces más la atención que tantas otras muertes y abusos que ocurren cada día.

Cada acto de violencia empobrece a toda la humanidad. Pero en especial cada vez que un hombre abusa físicamente de una mujer, todos los hombres somos un poco responsables y algo dentro de nosotros duele, y llora.

Esta maldad ahora viene de un “maestro espiritual”. Siempre he pensado que la espiritualidad puede convertirse en el último, y el más peligroso, refugio del ego. Desde la enfermedad de un hombre, con el porcentaje de consciencia que sea que haya tenido ahora.

Cuando tantas voces claman por el castigo, a mí cada vez me importa menos. Me importa y alegra que haya un sistema que detiene y castiga a los que maltratan. Pero nunca he creído que sea toda la solución. Ni para el culpable, ni para la sed de venganza de las víctimas y del pueblo…

No creo en la imagen de la mujer como víctima. También hay mujeres que maltratan, física, psicológica, emocionalmente. A menudo como autodefensa. También como venganza, personal o ancestral…

Mi certeza es que la venganza no es el camino. Por mucho que el mensaje de tantas películas y ambiente cultural legitime la venganza. No creo en la venganza, por mucho que la reacción natural tantas veces sea esa. Estamos evolucionando de los primates. Debería valer para algo.

Euskadi en particular es una de las mejores muestras de todo el siglo XX. Pensad sólo un minuto qué tendríamos ahora si nuestras víctimas, amenazados y chantajeados hubieran sido vengativos. Qué tendríamos ahora tras practicar el ojo por ojo. Qué tendríamos ahora si el GAL hubiera sido una regla y no una excepción. Esta sociedad tendrá que agradecer y reconocer profundamente, con el tiempo, a las víctimas, a Gesto. Gracias a vosotros, estamos cerrando una página tan sangrante, tan innecesaria, tan dolorosa.

La venganza no es el camino. El camino es el perdón. No impuesto, ni como una pose, ni como una concesión, ni como una muestra de inferioridad, ni de superioridad. El perdón humilde, individual, intransferible. El que nace del corazón y al que se llega tras un camino íntimo, profundo, consciente. El que se pide y se recibe. El que iguala. El que nace de la dignidad personal, el que hace igualmente digno al otro.

El que, tras tantos siglos de abusos, la MUJER con mayúsculas tiene la generosa tarea de acoger del HOMBRE. El que el HOMBRE tiene la humilde tarea de pedir a la MUJER. Y aquí, generosidad y humildad se me confunden en una hermosa danza…

Propone el Hoʻoponopono repetir un mantra muy simple: “Perdóname. Lo siento. Te amo. Gracias”. Popularizado en occidente por el Dr. Hew Len, basado en un concepto de responsabilidad al 100%, donde cada uno asume responsabilidad completa por sus actos, y en cierta medida por las acciones de todos. Donde el perdón y el agradecimiento sanan al que lo practica, y en cierta medida a todos.

Así que hoy, como persona, como hombre, sólo puedo decir:

Querida Ada. Querida MUJER.
Perdona. Lo siento. Te amo. Gracias.

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