El desierto

Andando en la espiral
en la que va la vida,
a mis cuarenta y cinco,
he vuelto al desierto.

Y no por conocido
es ahora en sus noches menos frío.
Y no por conocido
es menos seco, ni estoy menos herido.

Cuando estuve por aquí,
las primeras veces,
al menos me consolaban las excusas:
será por la inocencia,
será que con la edad aprenderé,
serán las cicatrices que te hacen madurar,
será el entrenamiento
para construir lo que yo busco,
para sentar las bases de mi felicidad.

Y ahora, que vengo entrenado, curtido,
nada inocente, consciente se supone…
me quedo sin excusas.

Confiar en mis herramientas
y en mis recursos
no me ha evitado volver por aquí.
Y aún no tengo la entrega
a la vida, a lo divino, a lo esencial
que me permita agradecer esta fase.
Lo veo como un castigo.
Y no entiendo mi pecado,
y me rebelo en la queja
“no me lo he merecido”.

Y, merecido o no, me encuentro aquí penando.
Sé que bajo la capa del enfado
y bajo la cubierta de tristeza
se encuentra la confianza en lo que soy
y en la Luz que nos da forma a todos.

Pero me rebelo como un niño
al que no le dan el premio que ha ganado,
al que le roban el dulce regalado,
al que le juzgan sin justicia y sin motivo.

Y me siento en la arena,
y siento mis lágrimas deslizarse en mi piel,
llegar hasta el suelo y fundirse en la tierra
de la que estoy hecho.
Y me dejo caer.

Y me fundo en el polvo
y me entrego a la Madre
y me siento tan débil,
tan indefenso y frágil,
tan vulnerable y tierno,
tan desvalido y torpe,
tan solo, tan yermo.

Y se pasan las horas.

Y se pasan los días.

Y ese ser que palpita
se va enterrando,
duerme en tinieblas.
Me rindo a la vida.

Y pido la calma
y ruego paciencia
y rezo la culpa
y me abro a la Gracia…

de saber que pronto,
si en verdad me entrego,
si en verdad confío,
si en verdad respiro en mi interior abierto…

Volverá la luz,
que nunca se ha ido.
Y me sabré firme, y me sabré entero.
Me sabré capaz, recuperado y cuerdo,
me sabré hermoso, alegre,
generoso y hábil,
leal y agradecido,
total, poderoso, mago,
bravo y a la vez tierno.
Sabré que soy sabio
y humilde al no serlo.
Sabré que soy grande
y, a la vez, pequeño.

Volverá el amor
del que nunca saliera.
Volverán amigos,
hijos, madre, compañera.

Y el tiempo se confunde:
no sé ya lo que tengo.
Quizás no tengo nada.
Quizás lo tengo todo.

Quizás no hay que tenerlo…
y vale con quererlo.

 

PS
No tengo nada, lo quiero todo.
No necesito nada, estoy abierto a todo.
No me apego a nada, agradezco todo.
No estoy en nada, soy todo.

Esta entrada fue publicada en Personal (Andoni). Guarda el enlace permanente.