Traiciones

Uno se traiciona a sí mismo… tantas veces.

Esas veces que me dicen que he sido una estafa; y en vez de escapar, razonar o excusar, lo acojo y descubro la verdad de la diferencia que hay a veces entre lo que vendo y lo que hago.
Esas veces que descubro que sigo manipulando sin darme cuenta.
Esas veces que no soy capaz de cuidar a los que querría cuidar.
Esas veces, tantas, que no me da la vida para hacer las cosas que tendría que haber hecho.
Esas veces que miento.

En esas traiciones, desde el dolor de la frustración, desde la rabia del dolor causado injustamente, lloro, me desconsuelo, me hundo.

Fracaso.

Tras un rato, a veces horas, a veces días, a veces meses, la misma compasión que tengo hacia los demás, la misma que permite desde el corazón entender las oscuridades de los otros y acoger sus defectos, mira hacia mí. Me compadece, me acoge, me entiende, me anima. Me ayuda a sonreir, a confiar, a volver a creer en mí, a aceptar mis defectos y a seguir creyendo en que puedo ir corrigiendo mis errores, saliendo de mis sombras, vivir más en la luz.

Pero no quiero correr hacia la compasión del corazón como una huida. Quiero darme el tiempo para acoger el dolor de las traiciones. Que sirvan así para aprender las lecciones para que esos propósitos de cambio de verdad se impregnen y no sean solo pensamientos huecos. Que sirvan como cicatrices que me recuerden lo que no quiero volver a provocar.

Es difícil abandonar las sombras… y en mi sentir, solo es posible desde la presencia confiada en la consciencia, solo es posible desde la energía de destruir, transformar y construir, que hay en la luz del corazón.
Mi corazón, el corazón de todos, el corazón de la vida.

Y resuenan las palabras que aprendí en mis bases cristianas. “Señor, yo no soy digno. Pero una palabra tuya bastará para sanarme.

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