Su ética, mi ética

Uno de los grandes hándicaps de nuestro establishment vital es la medida en la que el dinero no sólo se ha adueñado de la primera posición de la escala de valores que está detrás de nuestros actos, sino cuánta distancia saca a la segunda.

Una muestra de esto, hoy en El País, una mención a la ingeniería financiera que Ikea y muchas corporaciones utilizan en su día a día. Apartemos la legalidad (si es ilegal, a saco; pero esa ingeniería financiera puede ser perfectamente “legal”). Obviamente una corporación tiene muy fácil invertir recursos en estudiar las maneras de ahorrar dinero en impuestos de maneras legales. Siempre las hay en un país, con los mil recovecos de la legislación. Más aún, si se pueden cruzar las fronteras entre países y aprovechar los mejores recovecos, o llegar a la alegalidad existente en algunos lugares.

Con todo esto (e insisto, suponiendo que todo se hace perfectamente legal), las corporaciones tienen una triple ventaja de competencia desleal: menores costes de producción y logística, mayor impacto comercial, y menores deducciones impositivas y sociales. Además esto redunda en claro perjuicio de la sociedad en la que actúan, al no dejar huella económica de su actividad (los impuestos que una empresa ve como una disminución del beneficio, son también una riqueza de la sociedad).

En fin, si la ética estuviera al menos en el mismo lugar de la escala de valores, nuestra sociedad podría ser mucho más igualitaria y evolucionada. Y huyendo del discurso de culpabilizar a las grandes empresas, la única manera en la que creo que la transformación puede llegar a ocurrir es desde el criterio de los compradores, empezando por nosotros, los consumidores. ¿Estamos dispuestos a comprar más caro a cambio de comprar más ético?

Porque desde la decisión de si hoy voy a comprar esa mesita a Ikea, o a otro sitio… todo, siempre, empieza por uno mismo.

¿Dónde está la ética en MI escala de valores?

Esta entrada fue publicada en Personal (Andoni). Guarda el enlace permanente.