7 millones de divorcios


Me apena y preocupa oír y leer tantos juicios sesgados y tantas opiniones sin consciencia ni empatía. ¿Tan poco hemos aprendido de nuestra historia? ¿Tanto nos falta por evolucionar?

Esa metáfora de “que Cataluña se separe de España es como un divorcio: con que una parte quiera tiene que permitirse” no me vale, porque no es adecuada. Lo adecuado es que son 7 millones y medio de divorcios donde la decisión debe ser que o todos se divorcian o no se divorcia ninguno, en una realidad en la que más o menos la mitad quieren y la mitad no (dependiendo de cómo, cuándo y qué se les pregunte en el acuerdo de divorcio). Y si nos imaginamos esa metáfora entendemos lo complejo y lo GRAVE de una decisión como una independencia.

Se pone mucho el ejemplo canadiense pero se conoce poco. Aquí un buen resumen. Hasta en los países y sociedades evolucionadas la independencia es un problema con muchos matices. Y requiere mucha apertura de mente y mucho sentido común. Sentido común como el que nos está faltando a raudales aquí, tanto en el Govern, como en el Gobierno, como en muchos de los que nadan a dos aguas.

Así que sin ser ningún experto ni pretender en absoluto tener la verdad o la razón, simplemente aporto mis creencias actuales sobre lo que para mí es sentido común.

1.- Cataluña, o Euskadi, SÍ son diferentes. No hay que remontarse a la Historia: solo hay que ver los resultados de las últimas elecciones generales. Ser diferentes no justifica por sí la independencia, pero partamos del reconocimiento y aceptación de la diferencia, porque es fundamental para avanzar en el proceso.
2.- Un sentir mayoritario en un pueblo debe ser escuchado y respetado, haya la base legal que haya. Si la base no lo permite, cámbiese la base y cámbiese ya. (La Ley no es un absoluto: puede y debe evolucionar; me hace mucha -triste- gracia que el rey defienda lo absoluto de la Ley en el 40 aniversario de una fecha en la que precisamente se rompió la Ley anterior existente)
3.- Una decisión que va afectar a generaciones debe construirse con una mayoría amplia y contrastada. Eso no puede ser un 50,1% con una participación del 30%. Probablemente podríamos pensar en una mayoría cualificada, una diferencia sustancial (>10%) y/o una permanencia temporal (mayoría sostenida en 2 o 3 votaciones espaciadas unos años).
4.- Una decisión tan importante debe plantearse con preguntas claras, concisas y diferenciadas. Yo no quiero la independencia, pero sí la República: no me mezcles las dos cosas en la misma pregunta. No me manipules.
5.- Una decisión tan trascendente como una independencia no debe realizarse por la puerta de atrás y a todo correr (es obvia la prisa que tiene la Generalitat en aprovechar su exigua mayoría, al igual que es obvio el miedo que tiene el Gobierno Central a que se vote, sea lo que sea eso). Necesita tiempo y espacio. Proclamar la independencia unilateral en el minuto 1 post 1-O es una irresponsabilidad histórica.
6.- Siempre merece la pena explorar espacios intermedios, especialmente en un contexto con tanta ruptura y tanta división. La sabiduría ante el empecinamiento de los extremos suele estar en el equilibrio de los lugares intermedios. La “vía vasca” parece un camino bastante lógico; una vivencia plena de las posibilidades del Estatuto de Autonomía quizás sería un mucho mejor lugar desde el que reflexionar sobre la Independencia (para ir a un lugar extremo desconocido, pasar antes por un lugar intermedio conocido: entrenarse un poquito, vaya).
7.- Una política que explota la manipulación psicológica y emocional, consiguiendo apoyos de las tripas y de las reacciones, en lugar de la razón y las respuestas, no es política, es más una secta. Que todos los políticos responsables de este sinsentido dimitan cuanto antes y den paso a otros más cabales que lo sepan construir mejor.
8.- En cualquier conflicto entre dos, las culpas son proporcionales a la responsabilidad. Este problema es más culpa de Rajoy que de Puigdemont, porque Rajoy tiene más responsabilidad y más herramientas que Puigdemont. El abuso de la fuerza es un recurso de los débiles y cobardes. Es injusto, y además es estúpido. ¿Qué reacción vas a conseguir en la otra parte cuando abusas de ella y le cierras todas las puertas de salida que podría tener? Enconamiento, solo enconamiento. (Alucino que en toda Moncloa no haya un solo psicólogo asesor con dos dedos de frente. Alucino que los jueces y fiscales gestionen extremos y urgencias legales que sólo deberían usarse en caso de peligro inminente contra la vida)
9.- Seamos críticos empezando por nosotros mismos: Unos ciudadanos que permitimos dejarnos manipular así y que seguimos manteniendo con nuestros votos a unos gobernantes así (en los dos bandos) nos estamos mereciendo lo que tenemos. Si queremos mejorar este país, nación, nación de naciones o lo que sea que seamos, empecemos por mirarnos dentro, reflexionar sobre nuestros actos, revisar nuestras creencias, empatizar con los que no piensan como nosotros, y ser consecuentes y responsables con nuestros auténticos superpoderes: lo que compramos, lo que votamos, lo que apoyamos, con lo que nos movilizamos.

¿Y qué salidas hay en el momento en que estamos? Están claras, no son tan difíciles, y las conocemos de sobra en los conflictos que ocurren en el mundo real: Reconocimiento mutuo y negociación. Rajoy reconoce que hay un sentimiento real en el pueblo catalán y acepta negociar cómo estudiarlo y canalizarlo, aunque eso implique cambiar la Constitución y permitir que se vote un cambio de estructura. Puigdemont reconoce que hay una legislación actual que no permite los pasos que se están dando, desmonta las “leyes” y el referéndum fantasma a cambio de un referéndum legal en un plazo máximo razonable.

Si el cambio no viene por los políticos, cosa que me temo va a pasar, los ciudadanos tenemos mil maneras inteligentes de provocar el cambio, y no solo nuestro voto (que también). Protesta pública, movilizaciones masivas, cartas, escraches, objeción fiscal y un largo etcétera. Presionemos a los políticos de forma inteligente para que tengan el sentido común del que ahora carecen.

Hay un amplio abanico de caminos para conseguir una independencia si el “pueblo” la quiere. Yo no soy ni creo que seré nacionalista, lo siento como un sinsentido anacrónico dirigido por nuestras vísceras y nuestra memoria genética, que no atiende a la razón (cooperando se consigue más que confrontando y hay mucha falsedad en el razonamiento económico que se está vendiendo en Catalunya) ni al corazón (todos los seres tenemos el mismo derecho sin diferencias de etiquetado); no creo en las fronteras, la propiedad ni las patrias; y solo siento razonable la lucha por la nación propia en situaciones reales de opresión y falta de libertades que no se dan aquí y hoy: se compara esto mucho con el franquismo y, ay, qué mención tan lamentable. Cuánto de mejor es esto que tenemos, con todos sus defectos, que una dictadura militar.

Con todo esto, seré el primero en apoyar a los catalanes/as en desobediencia civil, en protesta pacífica, en marchas de cambio. Pero primero los catalanes y catalanas tienen que definir qué quieren…

Y esta no es la manera.

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